Actualidad

 

"…Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad".

San Juan 17;19

 

 

 

Con mucho dolor, hemos visto cómo se intenta presentar a la Iglesia como opositora de los derechos humanos y civiles. Esa discusión fraudulenta, atizada por el sensacionalismo, las agendas políticas y la inmadurez social, lo que hace es promover el fanatismo en cada grupo o sector. La discusión misma, en lugar de buscar cómo promover la convivencia justa, intenta sembrar las semillas de la discordia.

Por el contrario, la Iglesia tiene una función de madre y maestra que va por encima de las ideologías de moda o de las presiones de la estridencia masificada. Las enseñanzas de la Iglesia Catolica no están, ni pueden estar, sujetas al chantaje de la popularidad pasajera. Por eso, queremos plantear unos puntos para la reflexión individual y colectiva.

Las enseñanzas de nuestra Iglesia Catolica sobre la moral individual y social, sobre la familia y el matrimonio y sobre la imperiosa necesidad de promover la cultura de la vida están claras.

Con igual claridad, la Iglesia orienta sobre la dignidad de la persona humana y la libertad de conciencia.

La inviolabilidad de la dignidad de la persona humana nos viene de nacimiento, es herencia nuestra porque tenemos un mismo Padre Celestial. La persona humana no se gana la dignidad, es un don y regalo de Dios. Así entendida, la dignidad no la da ni la quita la condición social o económica, no la dan ni la quitan las virtudes ni los defectos, no la da ni la quita la fuerza o la debilidad, ni puede otorgarla o suprimirla sistema de gobierno alguno. Atentamos contra esa dignidad inviolable cuando menospreciamos, perseguimos o abusamos de otros seres humanos por su naturaleza, su forma de ser, o su forma particular de sentir o pensar.

Una parte consustancial de esa dignidad humana es la libertad de la conciencia. De igual manera que no se puede imponer el mal, mucho menos se puede imponer el bien. Nuestro mismo Padre Celestial nos ha creado libres. Sin libertad de conciencia, todas las demás libertades serían una mueca, una negación de nuestro derecho a escoger.

Por eso, es responsabilidad de cada uno y del colectivo de la sociedad, buscar las maneras más sabias de convivencia en las que la fe, la cultura, los valores y el sistema de ley no sean usados para destruir, sino más bien promover la paz, la libertad de cada uno y el bien de todos.

 

S.E.R. Mons. Álvaro Corrada del Río, sj

Vice Presidente- Conferencia Episcopal Puertorriqueña (C.E.P)

Presidente- Comisión de Familia


developed by